Como en otros países de Europa, en la décimo sexta centuria, en España, hubo personajes que se dieron a la tarea de, primero, intentar reformar a la Iglesia católica romana, y después, cuando se convencieron de tal imposibilidad ante la franca negativa de la institución, intentaron crear una opción eclesiástica distinta.
A diferencia de otras naciones europeas, en las cuales los reformadores protestantes tuvieron ciertas condiciones favorables para confrontar el poder de la Iglesia católica, en España el contexto político les fue muy adverso. España vino a ser una especie de laboratorio de la Contrarreforma, sus reyes y príncipes se sintieron con el deber de combatir en todos los territorios bajo su dominio la que llamaban herejía protestante.
Cuando el Viejo Continente se convulsionaba por la disputa religiosa y política entre los bandos católico y protestante, el Nuevo Mundo iniciaba su incorporación forzosa a la globalización de entonces y aquí los conquistadores, plenamente identificados con una confesión religiosa –el catolicismo romano– empeñaron todas sus fuerzas para evitar la contaminación luterana.

 

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